La gente está sorprendentemente acostumbrada a preguntar lo obvio y nada más obvio que lo que ve, porque lo tiene delante de sus ojos.
Por ejemplo, el empeño en entrar cuando una puerta está cerrada.
Una puerta de entrada a la tienda con una persiana bajada hasta la mitad.
Opciones infinitas. Aquí las más frecuentes, igual que las respuestas que vienen a nuestra mente y que nunca salen de nuestros sellados labios:
Una duda que se nos ha suscitado siempre es ¿a partir de que altura hay que dejar cerrada la persiana para que el respetable deduzca que la tienda está cerrada?
La experiencia nos ha dictado unas pautas razonables (por lo de útiles) alcanzando el equilibrio entre que parezca evidente que no se puede entrar con que nosotros, el personal, podamos entrar doblando el espinazo pero sin llegar a reptar. Lo que nunca evitará del todo la curiosidad del peatón, que aguantará para preguntar o llegará a demostrar su flexibilidad para asomarse y hacer la pregunta a quien esté dentro.
Sin duda, la altura de la barrera aceptada por los clientes seguirá algún tipo de distribución estadística que nunca nos hemos molestado en estimar, pero puede ser objeto de un TFG, TFM o una encuesta del CIS.